Había una vez un pequeño pueblo en el que todos los habitantes eran muy devotos y celebraban con gran alegría el Día de Todos los Santos, el 1 de noviembre. En esta fecha, las calles se llenaban de coloridas flores y las casas se adornaban con velas y altares dedicados a los santos.

En este pueblo vivía una anciana llamada Doña Rosa, quien era conocida por su amor y dedicación a los santos. Todos los años, ella preparaba una gran fiesta en su casa para celebrar este día especial. Invitaba a todos los vecinos y amigos del pueblo, quienes acudían con sus mejores trajes y regalos para honrar a los santos.
Sin embargo, aquel año en particular, Doña Rosa se encontraba enferma y no podía organizar la fiesta como siempre lo hacía. Esto entristeció mucho a la anciana, ya que consideraba esta celebración como una forma de agradecer a los santos por su protección y bendiciones.
Pero los vecinos del pueblo no iban a permitir que Doña Rosa se sintiera triste en un día tan especial. Decidieron unirse y organizar ellos mismos la fiesta en honor a los santos. Cada uno se encargó de una tarea: algunos prepararon la comida, otros decoraron la casa con flores y velas, y otros trajeron música y bailes tradicionales.



Cuando llegó el día 1 de noviembre, Doña Rosa se sorprendió al ver su casa llena de vida y alegría. Sus vecinos habían logrado recrear la fiesta tal como ella lo hacía, e incluso habían añadido algunos detalles especiales para sorprenderla.
La anciana no pudo contener las lágrimas de emoción al ver el amor y la dedicación de sus vecinos. Agradeció a cada uno de ellos por su generosidad y les recordó la importancia de mantener viva la tradición de honrar a los santos.
Desde aquel día, el pueblo decidió que cada año serían los vecinos quienes organizarían la fiesta del Día de Todos los Santos en honor a Doña Rosa. Esta historia se convirtió en una inspiración para todos, recordándoles que la verdadera celebración está en el amor y la unión entre las personas.